No dicen que el arte sea una fórmula autocopulativa, pero sí hablan de una postura vital, y verán, lo grato de mí misma se diluye en el denso vaho de los primeros cigarros con un claror casi conceptivo que se va consumiendo tras las últimas caladas y,
con un escalofrío eléctrico,
se va.
Así me he levantado muchas mañanas. Me sacudo el tedio y salpico de escarcha las paredes. Echo de menos el calor corporal que destilaba por cada uno de mis poros, pero la pugna de una contienda está en la reconstrucción de la identidad y eso sólo tiene que ver con una misma y la forma en la que se desvincula el mundo, siendo parte del pasado pero no de él. Necesito decir que me he dejado ya algún tiempo considerable con perfídia a la deriva, que me he sentido mutilada y muda, como origen patológico que me sugiere la atracción a lo fatídico, dando lugar a un platónico dolor de cojones como desenlace.
Soy totalmente contradictoria la mayor parte del tiempo, dejando de llevar a cabo todo menos lo imprescindible. Desubicada, no reprimida. Incomodada, no arrepentida. Sobre todo desvinculada; no es lo mismo una razón que un remedio, igual que no es lo mismo una ruptura sentimental que una brecha personal. No me quejo pero me exploro. La duda puede ser constructiva e inteligente, pero apaga las luces.
Ahora conservo cabos sueltos del puente que me construyo. Podría desmontarse, pero no acabaría en este espacio. Nunca antes había recibido una sacudida de cimientos que se pudiese exprimir tantísimo. El lugar común no es otro que el cierre de una etapa, y casi puedo decir que está siendo uno de mis mayores ejercicios físicos de constancia durante mucho tiempo.
Justo ahora vuelvo a concienciarme de forma útil y en sintonía, sin interferencias y de manera aleatoria. Y hablo de aprovechar (no redimir) esta parada con el fin de superarla desde la misma ventana, alegando un planteamiento creativo, quizá, más disperso, y sin que éste fuese definitivo, sino definitorio.